
Alfonso V de Aragón, también llamado Alfonso I el Magnánimo y Alfonso I el sabio, era hijo de Fernando I de Aragón y Leonor Urraca de Castilla, reinó Aragón entre 1416 y 1458.
Anécdotas de la historia
El título de la historianecdótica de hoy bien podía ser el nombre de un superventas (o bestseller) escrito por mí, pero nada más lejos de la realidad -por suerte para la literatura y para desgracia de mi bolsillo-, sino que se trata de una curiosidad de la antigua grecia.
Resulta que los pitagóricos identificaban la constitución del mundo en cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua (esto le sonará a usted). Y estos elementos fueron identificados con cuatro sólidos regulares: cubo (constituida por 6 cuadrados), tetraedro (por 4 triángulos equiláteros), octaedro (formada por 8 pentágonos) e icosaedro (por 20 triángulos equilátelos). Usted inteligente lector, recordará que existen muchos más polígonos regulares, pero solo hay cinco sólidos regulares. El quinto, que no lo he nombrado, es el dodecaedro que lo relacionaban con el cosmos y la sustancia de los cuerpos celestiales.
Por el carácter doctrinal de estas enseñanzas, Pitágoras y sus seguidores sintieron este conocimiento como una amenaza hacia su concepción cosmológica, y la existencia del dodecaedro fue ocultada al pueblo llano, dandose únicamente a conocer dentro de la escuela pitagórica. Por la misma razón, se ocultó otro descubrimiento que rompía su amada armonía geométrica y matemáticas de los números enteros: la raíz cuadrada de 2.
Más tarde, un discípulo de Pitágoras llamado Hispaso publicó el secreto del dodecaedro, pero su libro no trascendió y él pereció en un naufragio, en lo que fue considerado un castigo justo por los demás fieles de Pitágoras al haber revelado tan "peligroso secreto".
Nota: Debído a las vacaciones de los escritores, el blog no podrá ser actualizado durante este fin de semana. Disculpen las molestias ocasionadas por nuestro descanso.
Los sabinos, enfadados por la traición, atacaron a los romanos y consiguieron acorralarles en el Capitolio. Para lograr entrar en él, contaron con la ayuda y traición de una sabina, Tarpeya, que les guió hacia donde estaban los romanos con la condición de que los sabinos le dieran "aquello que llevasen en los brazos, obviamente refiriendose a las joyas.
Deplorando la traición de la mujer, los salinos, aceptaron el trato, pero en lugar de las joyas, le entregaron sus pesados escudos, con lo que la Tarpeya murió aplastada por su peso.
Cuando los sabinos llegaron, por fin, donde estaban los romanos, las sabinas se interpusieron entre ambos combatientes para impedir que se matasen. Tras varios forcejeos, razonaron con los dos pueblos, explicándoles que si ganaban los romanos perderían a sus padres y hermanos, y si ganaban los sabinos perderían a sus maridos e hijos. Finálmente se celebró un banquete para festejar la reconciliación entre los pueblos.